El 14 de noviembre de 1852, en el primer periódico no oficial de Las Palmas de Gran Canaria (aparecido un mes antes) aparecía publicado, a modo de ‘canción’, un hondo y sentido poema titulado ‘Al Guiniguada’, en el que su autor, Pablo Romero y Palomino (1830-1885), vertía la visión que muchos de sus coetáneos tenían de aquel histórico cauce abandonado a su suerte. Y en sus primeros versos proclamaba como «mirando entristecidas / tus riberas su pompa marchitada, / ahora lloran por ti, que las olvidas», o se acongojaba al decir «Mira tu suelo mustio y desolado; / contempla tu desvío, / que espinos solo al campo le ha dejado, / y dolor sin consuelo al plectro mío». Y es que el Guiniguada tanto a lo largo de la historia de la capital grancanaria, como a lo largo y ancho de su cauce desde las montañas al mar, siempre ha sido elemento proceloso, protagonista del debate social, o del más absoluto olvido en ocasiones.
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